
Se enlazaron las trabas de las larvas que hicieron buenos guisos en los mares de camastros en que, entre las crápulas y el tiempo que cosió el nido del olvido, enfotaron las dudas. Por el cual, bajo las faldas de los ventanales sin cerrojo, pasé la fregona. Entre las baldosas de los bosques y los pulpos de las moscas, que fueron solapados por los orines de mis olivos al ver a la luna guillotinada por la barandilla de tu piso. Donde mueren las ataduras esperando en el descansillo donde reposan primaveras adormecidas, cansadas de árboles con antenas, de que no paseen las gitanas por los baluartes de desastres y aguardiente. El lugar donde me atavié con camisas de once palos, recibiendo uno más cada vez que me las ponía. Donde me calcé las botas de plomo para tantear tu dorso, sin esperanzas de valer nada, sin gallardías que merecer, ya que fue la chacinera la que hizo embuté de este cochino y guió al desdeñado ser de poca monta al fervor de tu camino, donde reposan las limosnas de nuestros sueños y huelgan los amores transformados en rocío.
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