
Acuclillado en un bordillo que clavetea un precipicio, conduciendo a una solapada perdición, me encuentro yo. Puse un pie, colgando de mi fe, hacia el círculo herrumbroso al que me guía Caronte. Osé perder en el abismo (sucios todos sus rincones) en esos desflorados matorrales que escondieron vómitos de falsos pecadores, mi mirada. Tuve la certeza de poder socavar mi pena en nubes de gris tabaquera que ruge, en mi pecho, trastornando bronquios que se tachonan en toses y esputos que cuelgan de la boca, rompiendo su cuello contra la soga, por no poder habitar jamás las orillas donde van a morir tus jugos, tu saliva. Me hice un tatuaje con el fuego de Prometeo y me cague en su puta madre por haber traído tal ardiente furor a mi alma, avivando mis venas, chamuscando mi corazón. ¡No te quejes! Que la hija de Tifón y Equidna no devora más hígados que el águila que tiene por nombre JB. Que era al fondo a la derecha donde, cubierta de orín y abetunada con deshechos, prostituida, tal vez violada y cubierta de sal,
se vislumbraba mi alma. ¡Si es por vicio esto de vivir para morir! ¡Y que se atrevan, los felices, a quitarme a mí las ganas de sufrir!n, los felices, a quitarme a mí las ganas de sufrir!
No hay comentarios:
Publicar un comentario