Siempre lo hago.
Rumio y rumio
y carezco de halagos.
Reniego entre bufos
y brujos, brujas
que de agujas sacaron sus embrujos,
cortejos de falsos miedos
que convirtieron el pellejo
del conejo blanco en azabache,
y yo seguí tuerto y ciego,
dando tumbos por el mundo,
entre bache y bache,
iluminado tras el broche
a trote y moche
del lenguaje.
Gaje del oficio,
de un amor prohibido,
si cabe,
de un amor sin engranajes.
Que me tachen,
de bohemio, de artista,
de la lista del genio de los deseos
que yo no soy de esos de los sueños
que soy dueño de mi vida.
Y llámenme truhan,
Don Juan o Don Nadie,
soy Don Aire,
Don de los susurros
de los burros en jauría,
en orgía de placeres
de deberes, ven si quieres
y no hieres a la palabra.
Ay, la estrella que me guía
¡Ay la estrella que me ata!
Ay la estrella que me ilusiona
¡Ay la estrella que me mata!
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