Pude ver…
mis abrazos como migajas de celajes,
ahora que el sol se marchó entre mentiras,
de tiras de restos de vías ya perdidas,
cambiando mi túnica por cualquier ropaje.
Al volver…
desde las fronteras me hablaron los tábanos.
Mil senderos tropecé cayendo en mil páramos
y no paramos de follar con la felicidad
en las hierbas que se convierten en púas
si no las riega el agua que pudre la soledad.
Al marchar…
mi señor dejó su alama a un risueño,
al cual el dueño, entregó, marchito,
un cachito de ese trozo de leño,
ceniza de mi enajenación de ceño,
bendito pan quemado el que toco mis manos
rustiendo mi palma y no mi sueño,
allá en tu mirar…
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