Hendido en un mar de placer,
me encontré al bajar la alborada.
Donde a navaja taché en la pared
el nombre de mi alma enamorada.
Que no pudo ser otro, si no el suyo,
pues mi alma a su dulzura fue ligada.
Y allí, en el andén del desdén, encontré
aquel tren que no supo volver,
que dijo que: “joder,
que él no se enfrenta al baile de las hadas”
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